El Coronel Chabert
El Coronel Chabert La cena estaba servida. Los oficiales sentados a la mesa saciaban un apetito que el cansancio había agudizado. Sólo uno de ellos, Victor Marchand, no estaba en el festín. Tras haberlo meditado mucho, entró en el salón en el que padecía la orgullosa familia Leganés y lanzó tristes miradas sobre el espectáculo que presentaba esa sala donde la antevíspera había visto girar, impulsadas por el vals, las cabezas de las dos jóvenes y de los tres muchachos. Se estremeció al pensar que dentro de poco habían de rodar cercenadas por la espada del verdugo. Atados en sus sillones dorados, el padre y la madre, los tres hijos y las dos hijas permanecían en un estado de inmovilidad completa. Había ocho criados de pie, con las manos atadas a la espalda. Esas quince personas se miraban con gravedad, y sus ojos apenas traicionaban los sentimientos que albergaban. En algunos semblantes se leía una resignación profunda y el pesar por haber fracasado en el empeño. Soldados inmóviles los vigilaban respetando el dolor de esos crueles enemigos. Un gesto de curiosidad animó los rostros cuando apareció Victor. Ordenó desatar a los condenados y fue él mismo a soltar las ligaduras que mantenían a Clara presa en su butaca. Ella sonrió con tristeza. El oficial no pudo evitar rozar el brazo de la joven, mientras admiraba su cabellera negra, su talle esbelto. Era una verdadera española: tenía la tez española, los ojos españoles, largas pestañas rizadas y una pupila más negra que el ala de un cuervo.