El Coronel Chabert
El Coronel Chabert —¿Lo ha conseguido? —le dijo ella dirigiéndole una de esas sonrisas fúnebres en las que aún queda un atisbo de juventud.
Victor no pudo reprimir un quejido. Miró alternativamente a los tres hermanos y a Clara. Uno, el mayor, tenÃa treinta años. Bajo, desgalichado, con aire altivo y desdeñoso, no carecÃa de cierta nobleza en los modales, ni parecÃa ajeno a esa delicadeza de sentimiento que antaño hiciera tan famosa la galanterÃa española. Se llamaba Juanito. El segundo, Felipe, aparentaba unos veinte. Se parecÃa a Clara. El pequeño tenÃa ocho años. Un pintor habrÃa encontrado en los rasgos de Manuel algo de esa constancia romana que David prestó a los niños en sus páginas republicanas. El viejo marqués tenÃa una cabeza cana que parecÃa escapada de un cuadro de Murillo. Ante lo que veÃan sus ojos, el joven oficial negó con la cabeza, dudoso de que alguno de esos cuatro personajes aceptara el trato del general; aun asà se atrevió a contárselo a Clara. La española se estremeció, pero recobró al punto la calma y fue a arrodillarse ante su padre.
—¡Oh! —le dijo—, haga jurar a Juanito que obedecerá fielmente las órdenes que le dé, y eso nos llenará de contento.