El Coronel Chabert
El Coronel Chabert La marquesa se sobresaltó de esperanza, pero cuando al inclinarse hacia su marido oyó la horrible confidencia de Clara, esa madre se desmayó. Juanito lo entendió todo, saltó como un león enjaulado. Victor mandó salir a los soldados, una vez que el marqués le asegurara un total sometimiento. Se llevaron a los criados y los entregaron al verdugo, que los ahorcó. Cuando la familia quedó únicamente vigilada por Victor, el anciano padre se levantó.
—¡Juanito! —dijo.
Juanito contestó tan sólo con una inclinación de cabeza, que equivalía a una negativa, volvió a desplomarse en la silla y miró a sus padres con ojos secos y terribles. Clara fue a sentarse en sus rodillas.
—Mi querido Juanito —le dijo alegre, rodeándole el cuello con el brazo y besándolo en los párpados—, si supieras cuán dulce me será la muerte si eres tú quien me la da. No tendré que soportar el odioso contacto de las manos de un verdugo. Me curarás de los males que me habrían esperado y…, mi buen Juanito, tú no querías que yo fuera de nadie, ¿no es así?
Sus ojos aterciopelados lanzaron a Victor una mirada de fuego, como para despertar en el corazón de Juanito su horror por los franceses.
—Ten valor —le dijo Felipe a su hermano—, de lo contrario nuestra raza casi regia se extinguirá.