El Coronel Chabert

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Una hora después llegaban a la terraza cien de los más notables habitantes de Menda para ser testigos, por orden del general, de la ejecución de la familia Leganés. Un destacamento de soldados estaba allí apostado para contener a los españoles, a quienes se colocó bajo las horcas en las que se había colgado a los criados del marqués. Las cabezas de esos burgueses tocaban casi los pies de aquellos mártires. A treinta pasos de ellos se alzaba un tajo y brillaba un alfanje. El verdugo seguía allí por si Juanito flaqueaba. Los españoles no tardaron en oír en medio del más profundo silencio los pasos de varias personas, el sonido acompasado de la marcha de un piquete de soldados y el leve tintineo de sus fusiles. Esos distintos ruidos se mezclaban con los alegres sones del festín de los oficiales, igual que hacía bien poco las diversiones de un baile habían enmascarado los preparativos de la sangrienta traición. Todas las miradas se volvieron hacia el castillo y se vio a la noble familia acercarse con increíble entereza. Todos los semblantes estaban tranquilos y serenos. Sólo un hombre, pálido y desencajado, se apoyaba en el sacerdote, que prodigaba todos los consuelos de la religión a aquel hombre, el único que iba a quedar vivo. El verdugo comprendió, como todos los demás, que Juanito había aceptado su puesto por un día. El viejo marqués y su mujer, Clara, Mariquita y sus dos hermanos fueron a arrodillarse a unos pasos del funesto lugar. Juanito iba conducido por el sacerdote. Cuando estuvo cerca del tajo, el ejecutor, tirándole de la manga, se lo llevó aparte y le dio probablemente algunas instrucciones. El confesor puso a las víctimas de forma que no vieran el suplicio. Pero eran verdaderos españoles, que permanecieron de pie y sin flaquear.


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