El Coronel Chabert
El Coronel Chabert Poussin inclinó la cabeza sobre el pecho como un hombre que sucumbe ante una dicha o un dolor demasiado fuertes para su alma.
—Escucha —añadió ella tirando a Poussin de la manga de su gastada casaca—, te he dicho, Nick, que darÃa mi vida por ti, pero jamás te he prometido que renunciarÃa a mi amor estando viva.
—¿Renunciar? —exclamó Poussin.
—Si me mostrara asà ante otro, dejarÃas de amarme. Y yo misma me encontrarÃa indigna de ti. Obedecer a tus caprichos, ¿acaso no es algo natural y sencillo? A mi pesar, me siento feliz e incluso orgullosa de hacer tu santa voluntad. Pero ¡para otro, ni hablar!
—Perdóname, Gillette —dijo el pintor cayendo a sus pies—. Prefiero ser amado a alcanzar la gloria. Para mà eres más bella que la fortuna y los honores. Anda, tira mis pinceles, quema estos bocetos. Me he equivocado. Mi vocación es amarte. No soy pintor, soy un enamorado. ¡Mueran el arte y todos sus secretos!
Ella lo admiraba, feliz, cautivada. Reinaba, sentÃa instintivamente que las artes eran olvidadas por ella y arrojadas a sus pies como un grano de incienso.
—Con todo, no es más que un viejo —prosiguió Poussin—. No podrá ver en ti sino a la mujer. ¡Eres tan perfecta!