El Coronel Chabert
El Coronel Chabert —No cabe sino amar —exclamó ella, dispuesta a sacrificar sus reparos amorosos para recompensar a su amante por todos los sacrificios que hacÃa por ella—. Pero eso serÃa mi perdición. ¡Ah, perderme por ti! SÃ, todo eso está muy bien, pero me olvidarás. ¡Oh, qué malÃsima idea has tenido!
—La he tenido y te amo —dijo con una especie de contrición—, soy pues un infame.
—¿Lo consultamos con el padre Hardouin? —dijo ella.
—¡Oh, no! Que sea un secreto entre los dos.
—Está bien, iré; pero no estés presente —le dijo—. Quédate en la puerta, armado con tu daga; si grito, entra y mata al pintor.
No viendo ya más que su arte, Poussin estrechó a Gillette entre sus brazos.
«¡Ha dejado de amarme!», pensó Gillette cuando se quedó a solas.
Se arrepentÃa ya de su resolución. Pero no tardó en ser presa de un espanto más cruel que su arrepentimiento; trató de ahuyentar un pensamiento atroz que iba anidando en su corazón. CreÃa amar ya menos al pintor, al sospechar que era menos estimable.