El Coronel Chabert

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Nicolas Poussin estaba sombrío. Su frase terrible, su actitud, su gesto consolaron a Gillette, que casi lo perdonó por sacrificarla a la pintura y a su glorioso porvenir. Porbus y Poussin se quedaron a la puerta del taller, mirándose el uno al otro en silencio. Aunque al principio el pintor de la María Egipciaca se permitió algunas exclamaciones: «¡Ah! Se está desvistiendo. ¡Él le dice que se ponga donde le dé la luz! ¡La compara!», no tardó en callarse ante el aspecto de Poussin, cuyo rostro estaba profundamente triste; y aunque los viejos pintores ya no tuvieran ese tipo de reparos, tan nimios en presencia del arte, los admiró por lo bellos e ingenuos que eran. El joven tenía la mano en la empuñadura de su daga y el oído casi pegado a la puerta. Ambos, en la sombra y de pie, parecían dos conspiradores esperando el momento para matar a un tirano.

—Pasad, pasad —les dijo el anciano, radiante de felicidad—. Mi obra es perfecta y ahora puedo mostrarla con orgullo. ¡Jamás pintor, pinceles, colores, lienzo y luz conseguirán crearle una rival a Catherine Lescault!

Dominados por una viva curiosidad, Porbus y Poussin corrieron hacia el centro de un vasto taller cubierto de polvo, donde todo estaba en desorden, donde vieron aquí y allá cuadros colgados de la pared. Se detuvieron primero ante una figura de mujer de tamaño natural, semidesnuda, y ante la que cayeron rendidos de admiración.


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