El Coronel Chabert
El Coronel Chabert —Pues bien, ¡ahà lo tenéis! —les dijo el viejo, cuyo cabello estaba desordenado, cuyo rostro estaba encendido por una exaltación sobrenatural, cuyos ojos chispeaban y que jadeaba como un joven ebrio de amor—. ¡Ah, ah! —exclamó—. ¡No os esperabais tanta perfección! Estáis ante una mujer y lo que buscáis es un cuadro. Hay tanta profundidad en este lienzo, el aire es tan real que no podéis diferenciarlo del aire que nos rodea. ¿Dónde está el arte? ¡Perdido, desaparecido! He aquà las formas mismas de una joven. ¿A que he captado bien el color, la viveza de la lÃnea que parece terminar el cuerpo? ¿No es el mismo fenómeno que nos presentan los objetos que se hallan en la atmósfera como los peces en el agua? ¿Veis cómo los contornos se desprenden del fondo? ¿A que parece que pudierais pasar la mano sobre esa espalda? No en vano he estudiado durante siete años los efectos de la conjunción de la luz y los objetos. Y esos cabellos, ¿acaso la luz no los inunda? ¡Ha respirado, creo! Ese seno, ¡mirad! ¡Ah! ¿Quién no querrÃa adorarla de rodillas? Las carnes palpitan. Va a levantarse, esperad.
—¿Veis algo? —le preguntó Poussin a Porbus.
—No. ¿Y vos?
—Nada.