El Coronel Chabert
El Coronel Chabert A la señora condesa Ida de Bocarmé, de soltera Du Chasteler
Vaya, ¡otra vez nuestro viejo carrick[2]!
Esta exclamación la soltaba uno de esos aprendices a quienes se conoce en los despachos como saltacharcos, y que le hincaba el diente con gran apetito a un pedazo de pan; arrancó un poco de miga para hacer una bolita y la lanzó burlonamente por el postigo de una ventana en la que se apoyaba. Bien dirigida, la bolita rebotó casi a la altura del vano, tras dar en el sombrero de un desconocido que atravesaba el patio de una casa situada en la rue Vivienne, donde residÃa el señor Derville, procurador[3].
—Vamos, Simonnin, deje de hacerle sandeces a la gente o le pongo de patitas en la calle. Por muy pobre que sea un cliente, sigue siendo un hombre, ¡qué demonios! —dijo el oficial mayor interrumpiendo la suma de una memoria de gastos.
El saltacharcos suele ser, como lo era Simonnin, un chico de trece a catorce años que en todos los despachos se halla bajo la especial dominación del primer pasante, de cuyos recados y billetes amorosos se ocupa mientras lleva mandatos a los alguaciles y memoriales al Palacio[4].
