Eugenia Grandet
Eugenia Grandet Quizá la gran Nanon era la única criatura humana capaz de aceptar el despotismo de su amo. Toda la ciudad se la envidiaba al señor y a la señora Grandet. La gran Nanon, asà llamada por su alta estatura de cinco pies y ocho pulgadas[29], pertenecÃa a Grandet desde hacÃa treinta y cinco años. Aunque sólo tuviera sesenta libras de sueldo, pasaba por una de las criadas más ricas de Saumur. Esas sesenta libras, acumuladas desde hacÃa treinta y cinco años, le habÃan permitido colocar recientemente cuatro mil libras en renta vitalicia en casa de maese Cruchot. Este resultado de las largas y persistentes economÃas de la gran Nanon pareció gigantesco. Al ver a la pobre sexagenaria que tenÃa asegurado el pan de su vejez, todas las criadas la envidiaban sin pensar en la dura servidumbre con que lo habÃa adquirido. A la edad de veinte años, la pobre joven no habÃa podido colocarse en ninguna casa, tan repulsiva parecÃa su cara; y, desde luego, ese sentimiento era muy injusto: su rostro hubiera sido muy admirado sobre los hombros de un granadero de la Guardia; pero, según dicen, para todo se necesita oportunidad. Obligada a dejar una granja incendiada donde se ocupaba de las vacas, fue a Saumur, donde buscó casa donde servir, animada por ese robusto coraje que no retrocede ante nada. Papá Grandet pensaba entonces en casarse y querÃa ir montando su hogar. Vio a aquella joven rechazada de puerta en puerta. Juez de la fuerza corporal como tonelero que era, adivinó el partido que podÃa sacarse de una mujer de complexión hercúlea, plantada sobre sus pies como un roble de sesenta años sobre sus raÃces, fuerte de caderas, cuadrada de espaldas, con manos de carretero y una probidad tan vigorosa como lo era su intacta virtud. Ni las verrugas que adornaban aquel rostro marcial, ni su color de ladrillo, ni los brazos nervudos, ni los harapos de Nanon asustaron al tonelero, que aún se encontraba en la edad en que el corazón se estremece. Asà pues, vistió, calzó, alimentó a la pobre joven, le dio un sueldo y la empleó sin tratarla con demasiada dureza. Al verse acogida de este modo, la gran Nanon lloró en secreto de alegrÃa y cobró un sincero afecto por el tonelero, quien, por lo demás, la explotó feudalmente. Nanon lo hacÃa todo: hacÃa la cocina, hacÃa la colada, iba a lavar la ropa al Loira y volvÃa a traerla sobre sus hombros; se levantaba con el alba, se acostaba tarde; daba de comer a todos los vendimiadores durante la recolección, vigilaba a los rastrilladores de racimos; defendÃa como un perro fiel la hacienda de su amo; por último, llena de una confianza ciega en él, obedecÃa sin rechistar sus caprichos más descabellados. Durante el famoso año de 1811[30], cuya cosecha costó trabajos inauditos, tras veinte años de servicios, Grandet resolvió dar su viejo reloj a Nanon, el único presente que recibió nunca de él. Aunque le cedÃa sus zapatos viejos (ella podÃa ponérselos), es imposible considerar el provecho trimestral de los zapatos de Grandet como un regalo, tan usados estaban. La necesidad volvió a la pobre joven tan avara que Grandet habÃa terminado por quererla como se quiere a un perro, y Nanon se habÃa dejado poner al cuello un collar guarnecido de pinchos que ya no la pinchaban. Si Grandet cortaba el pan con demasiada parquedad, ella no se quejaba; participaba alegremente en los beneficios higiénicos que procuraba el severo régimen de la casa, donde nunca se ponÃa nadie enfermo. Además, la Nanon formaba parte de la familia: se reÃa cuando reÃa Grandet, se entristecÃa, se helaba, se calentaba, trabajaba con él. ¡Cuántas dulces compensaciones en aquella igualdad! El amo nunca habÃa reprochado a la criada ni el albérchigo ni el melocotón de viña, ni las ciruelas o los griñones comidos bajo el árbol. «Vamos, hártate, Nanon», le decÃa los años en que las ramas se doblaban bajo el peso de la fruta que los aparceros se veÃan obligados a dar a los cerdos. Para una muchacha del campo que en su juventud no habÃa obtenido más que malos tratos, para una pobre recogida por caridad, la risa equÃvoca de papá Grandet era un verdadero rayo de sol. Por otro lado, el corazón simple y la estrecha cabeza de Nanon sólo podÃan contener un sentimiento y una idea. Después de treinta cinco años seguÃa viéndose llegar al taller de papá Grandet, con los pies desnudos, en andrajos, y seguÃa oyendo al tonelero diciéndole: «¿Qué quiere usted, hija mÃa?». Y su gratitud seguÃa siendo joven. Algunas veces, Grandet, pensando que aquella pobre criatura no habÃa oÃdo nunca la menor palabra halagüeña, que desconocÃa todos los sentimientos dulces que la mujer inspira y podÃa comparecer un dÃa ante Dios aún más casta que la propia Virgen MarÃa, Grandet, movido a compasión, decÃa mirándola: «¡Pobre Nanon!». Su exclamación siempre iba seguida por una mirada indefinible que le lanzaba la vieja sirvienta. Esas palabras, dichas de vez en cuando, formaban desde hacÃa mucho una cadena de amistad ininterrumpida, a la que cada exclamación añadÃa un eslabón más. Esa compasión que brotaba del corazón de Grandet y que la solterona aceptaba de buen grado tenÃa un no sé qué de horrible. Aquella atroz piedad de avaro, que despertaba mil placeres en el corazón del viejo tonelero, era para Nanon su colmo de felicidad. ¿Quién no dirÃa también: «¡Pobre Nanon!»? Dios reconocerá a sus ángeles por las inflexiones de sus voces y sus misteriosas quejas. HabÃa en Saumur un gran número de hogares donde los criados eran mejor tratados, pero donde los amos no recibÃan por eso mayores satisfacciones. De ahà esa otra frase: «¿Qué le dan los Grandet a su gran Nanon para que les sea tan fiel? ¡CaminarÃa sobre brasas por ellos!». Su cocina, cuyas enrejadas ventanas daban al patio, siempre estaba limpia, ordenada y frÃa, una auténtica cocina de avaro en la que nada debe perderse. Cuando Nanon habÃa lavado la vajilla, guardado los restos de la cena y apagado la lumbre, dejaba su cocina, separada de la sala por un pasillo, y se iba a hilar cáñamo al lado de sus amas. Una sola candela bastaba a la familia para la velada. La criada se acostaba al final de aquel pasillo, en un cuchitril iluminado por un ventanuco que daba a otra propiedad. Su robusta salud le permitÃa habitar impunemente aquella especie de agujero, desde donde podÃa oÃr el menor ruido por el profundo silencio que reinaba noche y dÃa en la casa. Como un dogo al servicio de la policÃa, sólo debÃa dormir con el oÃdo alerta y descansar vigilando.