Eugenia Grandet

Eugenia Grandet

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Ahora es fácil comprender todo el valor de la frase: «la casa del señor Grandet», aquella casa descolorida, fría, silenciosa, situada en la parte alta de la ciudad y abrigada por las ruinas de las murallas. Los dos pilares y la bóveda que formaban el vano de la puerta habían sido construidos, igual que la casa, con toba, piedra blanca propia del litoral del Loira, tan blanda que su duración media apenas llega a los doscientos años. Los desiguales y numerosos agujeros que las intemperies del clima habían practicado de forma extraña en ella daban a la cimbra y a los montantes del vano la apariencia de piedras vermiculares de la arquitectura francesa y cierto parecido con el pórtico de una cárcel. Sobre la cimbra se extendía un largo bajorrelieve de piedra dura esculpida, que representaba las cuatro estaciones con figuras ya roídas y ennegrecidas. Remataba ese bajorrelieve un plinto saliente sobre el que crecían varias de esas plantas debidas al azar, como parietarias amarillas, corregüelas, enredaderas, llantenes y un pequeño cerezo ya bastante alto. La puerta, de roble macizo, oscura, reseca, hendida por todas partes y de apariencia frágil, estaba sólidamente asegurada por el sistema de sus pernos, que representaban dibujos simétricos. Una rejilla cuadrada, pequeña, pero de barrotes muy juntos, y rojos por la herrumbre, ocupaba el centro del portillo y servía, por así decir, de adorno a un aldabón unido a ella por una anilla, y golpeaba sobre la deformada cabeza de un enorme clavo. Ese aldabón, de forma oblonga y del género que nuestros antepasados llamaban jacquemart[27], se parecía a un gran signo de admiración; examinándolo atentamente, un anticuario habría encontrado en él algunos indicios de la figura esencialmente bufa que antaño representaba y que un largo uso había borrado. Por la pequeña reja, destinada a reconocer a los amigos en la época de las guerras civiles, los curiosos podían percibir, al fondo de una bóveda oscura y verdosa, algunos escalones gastados por los que se subía a un jardín pintorescamente rodeado de muros espesos, húmedos, llenos de filtraciones y de matas de arbustos canijos. Esos muros eran los de la muralla, sobre la que se alzaban los jardines de algunas casas vecinas. En el piso bajo de la casa, la pieza más importante era una sala que tenía su entrada bajo la bóveda de la puerta cochera. Pocas personas conocen la importancia de una sala en las pequeñas ciudades del Anjou, de la Turena y del Berry. La sala sirve a un tiempo de recibidor, de salón, de gabinete, de tocador y de comedor; es el teatro de la vida doméstica, el hogar común; allí el peluquero del barrio iba dos veces al año a cortar el pelo al señor Grandet; allí entraban los colonos, el cura, el subprefecto, el mozo del molino. Esa pieza, cuyas dos ventanas daban a la calle, estaba revestida de madera; unos tableros grises, de molduras antiguas, la cubrían de arriba abajo; su techo se componía de vigas aparentes, también pintadas en gris, cuyos huecos llenaba una argamasa con borra que se había vuelto amarilla. Una antigua péndola de cobre incrustada de arabescos de concha adornaba la campana de la chimenea, de piedra blanca y mal esculpida, sobre la que había un espejo verdoso cuyos lados, cortados en bisel para mostrar su grosor, reflejaban un hilo de luz a lo largo de un entrepaño gótico[28] de acero damasquinado. Los dos candelabros de cobre dorado que decoraban cada uno de los rincones de la chimenea tenían dos usos: si se le quitaban los ramos de rosas que les servían de arandelas, y cuyo brazo principal se adaptaba al pedestal de mármol azulado con aplicaciones de cobre viejo, el pedestal se convertía en un candelero para los días de diario. Las sillas, de forma antigua, estaban guarnecidas con tapicerías que representaban las fábulas de La Fontaine; pero había que saberlo para reconocer sus temas, pues los colores, ya pasados, y las figuras, acribilladas a zurcidos, a duras penas se veían. En los cuatro ángulos de aquella sala había también unas rinconeras, especie de aparadores provistos de grasientos anaqueles. Una vieja mesa de juego de marquetería, cuya parte superior formaba un tablero de ajedrez, estaba colocada en el testero que separaba las dos ventanas. Encima de esa mesa había un barómetro ovalado, con un marco negro, adornado con lazos de madera dorada donde las moscas habían retozado tan licenciosamente que el dorado se había convertido en un problema. En la pared opuesta a la chimenea, dos retratos al pastel se suponía que representaban al abuelo de la señora Grandet, el viejo señor de La Bertellière, con uniforme de teniente de los Guardias franceses, y a la difunta señora Gentillet, vestida de pastora. En las dos ventanas había cortinas de gros de Tours rojo, sujetas por cordones de seda con borlas de iglesia. Esta lujosa decoración, tan poco en consonancia con los hábitos de Grandet, había sido incluida en la compra de la casa, lo mismo que el entrepaño, la péndola, el mobiliario de tapicería y las rinconeras de palo rosa. En la ventana más cercana a la puerta había una silla de paja cuyos pies estaban montados sobre unos calzos a fin de elevar a la señora Grandet a una altura que le permitiera ver a los que pasaban. Una mesita de costura de madera de cerezo silvestre descolorida ocupaba el hueco de la ventana, y el pequeño sillón de Eugenia Grandet estaba justo a su lado. Desde hacía quince años todas las jornadas de madre e hija habían transcurrido apaciblemente en ese sitio, en un trabajo constante que empezaba el mes de abril y terminaba en noviembre. El primer día de este último mes podían dirigirse a su estación invernal junto a la chimenea. Sólo a partir de ese día permitía Grandet encender el fuego en la sala, y mandaba apagarlo el treinta y uno de marzo, sin tener en cuenta ni los primeros fríos de la primavera ni los del otoño. Un brasero alimentado con la brasa procedente del fuego de la cocina que la gran Nanon reservaba para ellas utilizando la astucia, ayudaba a la señora y a la señorita Grandet a pasar las mañanas o las tardes más frescas de los meses de abril y de octubre. Madre e hija se ocupaban de toda la ropa de la casa, y empleaban tan concienzudamente sus jornadas en esa verdadera labor de obrera que, si Eugenia quería bordar un cuello a su madre, estaba obligada a sacar tiempo quitándoselo de sus horas de sueño y engañando a su padre para tener luz. Desde hacía mucho el avaro distribuía la candela a su hija y a la gran Nanon, de la misma forma que distribuía por la mañana el pan y los artículos necesarios para el consumo cotidiano.


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