Eugenia Grandet
Eugenia Grandet —Tratándose de la señorita —respondió el abate Cruchot armado de su ramo de flores—, todos los dÃas serÃan de fiesta para mi sobrino.
El abate besó la mano de Eugenia. En cuanto a maese Cruchot, se limitó a besar a la joven en las dos mejillas y dijo:
—¡Cómo vamos creciendo! Todos los años doce meses.
Al colocar de nuevo la luz delante del péndulo, Grandet, que nunca abandonaba una broma y la repetÃa hasta la saciedad cuando le parecÃa divertida, dijo:
—Ya que es el cumpleaños de Eugenia, ¡encendamos las antorchas!
Quitó cuidadosamente los brazos de los candelabros, puso la arandela en cada pedestal, cogió de las manos de Nanon una candela nueva enrollada en un trozo de papel, la metió en el agujero, la aseguró, la encendió y fue a sentarse al lado de su mujer, mirando alternativamente a sus amigos, a su hija y las dos candelas. El abate Cruchot, un hombrecillo rollizo, regordete, con una peluca rojiza y aplanada, con cara de vieja juguetona, dijo adelantando sus pies bien calzados en unos fuertes zapatos con hebillas de plata:
—¿No han venido los des Grassins?
—TodavÃa no —dijo Grandet.