Eugenia Grandet

Eugenia Grandet

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—¡Ah, vienen a la fiesta! —les dijo Nanon al oler las flores.

—Discúlpenme, señores —gritó Grandet al reconocer la voz de sus amigos—, ¡ya estoy con ustedes! No soy nada orgulloso y por eso yo mismo arreglo un peldaño de mi escalera.

—Siga, siga usted, señor Grandet, todo carbonero es alcalde en su casa[33] —dijo en tono sentencioso el presidente riéndose él solo de su alusión, que nadie comprendió.

La señora y la señorita Grandet se levantaron. Aprovechando la oscuridad, el presidente le dijo entonces a Eugenia:

—¿Me permite, señorita, desearle, hoy que acaba de nacer, que cumpla usted muchos años con la felicidad y la salud de que ahora disfruta?

Y le presentó un gran ramo de flores raras en Saumur; luego, cogiendo a la heredera por los codos, la besó a ambos lados del cuello con una complacencia que hizo sentir vergüenza a Eugenia. El presidente, que parecía un gran clavo herrumbroso, pensaba que así le hacía la corte.

—No se molesten —dijo Grandet entrando—. ¡Cómo las gasta usted los días de fiesta, señor presidente!


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