Eugenia Grandet

Eugenia Grandet

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—¡Esta pobre Nanon! —dijo Grandet sirviéndole el casis.

—¿Te has hecho daño? —le dijo Eugenia mirándola con interés.

—No, porque he aguantado con los riñones.

—Bueno, como es el cumpleaños de Eugenia —dijo Grandet—, os arreglaré ese escalón. Es que no sabéis poner el pie en la esquina, en el sitio en que aún es sólido.

Grandet cogió la candela, dejó a su mujer, a su hija y a su sirvienta sin más luz que la del hogar que despedía vivas llamas, y se fue al horno en busca de tablas, clavos y herramientas.

—¿Quiere que le ayude? —le gritó Nanon al oírle golpear en la escalera.

—¡No, no!, me las apaño solo —respondió el antiguo tonelero.

En el momento en que Grandet arreglaba en persona su carcomida escalera y silbaba con todas sus fuerzas recordando sus años mozos, los tres Cruchot llamaron a la puerta.

—¿Es usted, señor Cruchot? —preguntó Nanon mirando por la rejilla.

—Sí —respondió el presidente.

Nanon abrió la puerta y el resplandor del hogar, que se reflejaba bajo la bóveda, permitió a los tres Cruchot distinguir la entrada de la sala.


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