Eugenia Grandet

Eugenia Grandet

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—Y tú, madre, ¿quieres alguna cosa?

—Amigo mío —respondía la señora Grandet animada por un sentimiento de dignidad maternal—, ya veremos.

¡Sublimidad perdida! Grandet se creía muy generoso con su mujer. Los filósofos que conocen a criaturas como Nanon, como la señora Grandet, como Eugenia, ¿no tienen derecho a pensar que la ironía es el fondo del carácter de la Providencia? Después de esa comida en la que, por primera vez, se trató del matrimonio de Eugenia, Nanon fue a buscar una botella de casis al cuarto del señor Grandet, y a punto estuvo de caerse al bajar.

—¡Animal! —le gritó su amo—, ¿es que también tú vas a caerte como cualquier otra?

—Señor, es el peldaño de la escalera, que está suelto.

—Tiene razón —dijo la señora Grandet—. Hace mucho que habría debido usted mandar arreglarlo. Ayer mismo Eugenia estuvo a punto de torcerse el pie.

—Vaya —dijo Grandet a Nanon al verla tan pálida—, como es el cumpleaños de Eugenia y has estado a punto de caerte, tómate un vasito de casis para reponerte.

—A fe que me lo he ganado —dijo Nanon—. En mi lugar, muchas habrían roto la botella, pero yo antes me habría roto el codo para sostenerla en el aire.


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