Eugenia Grandet
Eugenia Grandet La señora Grandet era una mujer seca y flaca, amarilla como un membrillo, torpe, lenta, una de esas mujeres que parecen hechas para ser tiranizadas. Tenía los huesos grandes, la nariz grande, la frente grande, los ojos grandes, y ofrecía, a primera vista, un vago parecido con esas frutas acorchadas que ya no tienen sabor ni jugo. Sus dientes eran negros y ralos, tenía la boca arrugada, y su barbilla afectaba esa forma que llaman prominente. Era una mujer excelente, una auténtica La Bertellière. El abate Cruchot sabía encontrar algunas ocasiones para decirle que no había sido demasiado fea, y ella lo creía. Una dulzura angelical, una resignación de insecto atormentado por los niños, una devoción poco frecuente, una inalterable serenidad de ánimo y un buen corazón hacían que fuera universalmente compadecida y respetada. Su marido nunca le daba más de seis francos a la vez para sus pequeños gastos. Aunque ridícula en apariencia, aquella mujer que, con su dote y herencias, había aportado a papá Grandet más de trescientos mil francos, siempre se había sentido tan profundamente humillada por una dependencia de un ilotismo contra el que la dulzura de su alma le prohibía revolverse, que nunca había pedido un céntimo ni hecho la menor observación sobre las actas que maese Cruchot le ponía a la firma. Esta altivez estúpida y secreta, esa nobleza de alma constantemente ignorada y herida por Grandet dominaban la conducta de la esposa. La señora Grandet llevaba invariablemente un vestido de levantina verdosa que se había acostumbrado a hacer durar cerca de un año; usaba una gran pañoleta de cotonada blanca, un sombrero de paja cosida y casi siempre se ponía un delantal de tafetán negro. Como salía poco de casa, apenas gastaba zapatos. En fin, nunca quería nada para ella. Por eso Grandet, presa a veces de un remordimiento al recordar el largo tiempo transcurrido desde el día en que había dado seis francos a su mujer, siempre estipulaba una cantidad como regalo para ella cuando vendía sus cosechas del año. Los cuatro o cinco luises ofrecidos por el holandés o el belga[32] que compraba la vendimia Grandet formaban lo más claro de las rentas anuales de la señora Grandet. Pero cuando había recibido sus cinco luises, su marido le decía a menudo, como si la bolsa fuera común: «¿Tienes un poco de dinero suelto para prestarme?». Y la pobre mujer, feliz de poder hacer algo por un hombre que su confesor le presentaba como su señor y dueño, le devolvía, a lo largo del invierno, algunos escudos del dinero recibido como regalo. Cuando Grandet sacaba de su bolsillo la moneda de cien sous asignada mensualmente para los pequeños gastos, el hilo, las agujas y el atavío de su hija, nunca dejaba de decir a su mujer, después de haberse abrochado la faltriquera: