Eugenia Grandet
Eugenia Grandet Estas observaciones eran necesarias, tanto para dar a conocer la modesta intención del autor, que no quiere ser aquà otra cosa que el más humilde de los copistas, como para fijar de manera irrecusable su derecho a prodigar la lentitud exigida por el cÃrculo de minucias en que está obligado a moverse. Por último, en un momento en que a las obras más efÃmeras se otorga el glorioso nombre de cuento, que sólo debe pertenecer a las creaciones más vivaces del arte, le será sin duda perdonado que descienda a las mezquinas proporciones de la historia, a la historia vulgar, al relato puro y simple de lo que se ve todos los dÃas en provincias.
Más tarde aportará su grano de arena al montón elevado por las intrigas de la época; hoy, el pobre artista no ha recogido más que uno de esos hilos de araña blancos que pasea la brisa por el aire, y con los que se divierten los niños, las muchachas y los poetas; hilos de los que apenas se preocupan los sabios pero que deja caer de su rueca, eso se dice, una celestial hilandera[136]. ¡Cuidado! ¡Hay moralidades en esta tradición campesina! También el autor hace de ella su epÃgrafe. Y demostrará que, durante la parte hermosa de la vida, ciertas ilusiones, blancas esperanzas, unos hilos argentados descienden de los cielos y vuelven a ellos sin haber tocado tierra.
Septiembre de 1833