Los campesinos

Los campesinos

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—¡Los muy canallas! Si yo cazo nutias ellos cazan a su suegro. Me roban todo lo que gano, y dicen que es por mi bien ¡Ah, ya lo creo que se trata de mis bienes! Sin mi pobre Mosca, que es el consuelo de mi vejez, me moriría de hambre. ¡Los hijos son la ruina de los padres! ¿Tú no te has casado, Carlos? —añadió tras una pausa—. Si no lo estás, no te cases nunca. Por lo menos no podrás reprocharte el haber sembrado mala hierba… ¡Y yo que pensaba poder comprar esparto para hacer cuerda! Ya tengo yo buen esparto. Aquel señor, que es muy amable, me dio diez francos; pues bien, a estas horas ya estará escarmentado con mi nutia.

Carlos desconfiaba tanto del tío Fourchon que tomó aquellas lamentaciones, sinceras por una vez, por la preparación de lo que en el lenguaje del oficio se llama colorear un asunto, y cometió el error de dejar entrever su opinión a través de una sonrisa que sorprendió al malicioso viejo.

—Yo voy a mi asunto, Carlos; y la prueba es que si quieres convidarme en la cocina con los restos del almuerzo y con una botella o dos de vino de España, te diré un par de cosas que te evitarán recibir un buen baile…

—Venga, hable, y Francisco obedecerá orden de su señor de darle un vaso de vino —respondió el lacayo.

—¿Palabra?


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