Los campesinos
Los campesinos La terrible señorita Cochet, su camarera, un visir con faldas, había intentado repetidamente hacerle ver cuál era la situación, al comprobar el dominio que Gaubertin ejercía sobre ella no obstante que siempre la llamase «señora», a pesar de las leyes revolucionarias sobre la igualdad de clases; pero Gaubertin también hizo ver las cosas claras a la señorita Cochet mostrándole una denuncia que, según decía, había formulado el padre de él, el acusador público, en la cual se la acusaba de tener correspondencia con Pitt y con Coburg. Desde aquel momento los dos poderes fueron a medias, pero al estilo Laguerre, y Gaubertin alabó las cualidades de la señorita Cochet. El porvenir de la camarera estaba, pues, ya resuelto, y podía dormir tranquila sobre el testamento de la señora, en el cual figuraba un legado a su nombre por un importe de sesenta mil francos. La señora no podía prescindir de los servicios de la Cochet, tan habituada estaba a ella. Además, conocía todos los secretos de tocador de su querida señora; tenía la habilidad de hacer dormir a su dueña contándole mil historietas, y de despertarla al día siguiente con una retahíla de frases aduladoras; en fin, hasta el día de su muerte, no cambió de actitud hacia su querida señora, y cuando la querida señora estuvo metida en el ataúd, la encontró aún mejor que cuando estaba con vida.