Los campesinos

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—Son dos perlas —comentaba con las personas que iban a visitarla.

Por su parte, Gaubertin llevaba las cuentas con todas las apariencias de la probidad, sin que descuidase una estricta relación de los ingresos que producían las granjas. Todo aquello que podía impresionar la débil inteligencia de la cantante en asuntos de aritmética, era claro, preciso, limpio. El intendente tenía su beneficio en la despensa, en los gastos de explotación, en los tratos comerciales realizados, en las obras efectuadas, en las reparaciones que se inventaba…; en fin, en detalles que la señora jamás se tomaba la molestia de comprobar y cuyo montante llegaba a veces a doblar, de acuerdo con los empresarios, a quienes compraba su silencio a cambio de precios de contrata ventajosos para ellos. Aquella facilidad concedía el más amplio crédito a Gaubertin y la estimación pública, y las alabanzas para la señora salían de todas las bocas, pues, además de una serie continuada de trabajos, repartía muchas limosnas en dinero contante y sonante.

—Dios conserve la vida a nuestra querida señora —decía todo el mundo.



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