Los campesinos

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De este modo, Sibilet, celoso de su propiedad, no quería mezclarse en la renovación del arrendamiento. «Sabe usted perfectamente, señor conde, escribía, que a mí no me gusta beber esta clase de vino». Por otra parte, el comerciante en madera pretendía recibir la indemnización que compartía con Gaubertin y que la señorita Laguerre se había dejado arrancar por temor a los pleitos. Aquella indemnización se fundaba en la devastación que los campesinos hacían en los bosques de Les Aigues al tratarlos como si no perteneciesen a nadie. Los hermanos Gravelot, comerciantes en maderas de París, se negaban a pagar el último plazo, dispuestos a demostrar por medio de peritos que los bosques presentaban una merma de un quinto, y argüían el pésimo precedente establecido por la señorita Laguerre.

«Tengo citados a dichos señores, añadía Sibilet en su carta, ante el Tribunal de la Ville-aux-Fayes, ya que han elegido domicilio, en razón de este arrendamiento, en casa de mi antiguo patrono el abogado señor Corbinet. Mucho temo que se pierda el asunto».

—Se trata de nuestros ingresos, querida mía —dijo el general enseñándole la carta a su mujer—. ¿Quieres adelantar la temporada en Les Aigues este año?

—Ve tú; yo iré así que haga mejor tiempo —le contestó la condesa, muy contenta de quedarse unos días sola en París.


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