Los campesinos
Los campesinos En el instante en que Sibilet, provisto de sus carpetas, explicó a su señor el resultado de las órdenes demasiado sumariamente dadas a Courtecuisse, y contemplaba con plácido gesto una de las más violentas cóleras de que puede ser capaz un general de caballería francés, llegó Courtecuisse para despedirse y pedir al general que le entregara la cantidad de mil cien francos, que era a lo que ascendían las gratificaciones prometidas. La naturaleza volvió entonces a salir a flor de piel y arrebató al general, quien ya no se acordó de su posición ni de su corona condal; reapareció el antiguo coracero y empezó a vomitar insultos, de los cuales más tarde habría de avergonzarse.
—¡Ah! ¡Con que mil cien francos! —exclamó—. ¡Mil cien bofetadas! ¡Mil cien patadas en el…! ¿Crees que puedes burlarte de mí? Apártate de mi vista si no quieres que te aplaste como a un gusano.
Al ver la cara del, general, violácea por la indignación, y escuchar los primeros improperios, Courtecuisse salió huyendo como una golondrina.
—Señor conde —dijo Sibilet con suavidad—, está usted cometiendo un error.
—¿Error yo?
—Por Dios, señor conde, vaya con cuidado, si no quiere verse metido en un pleito con ese pillo…