Los campesinos

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—No importa, debemos saberlo —exclamó Montcornet—. Si se trata de hacer saltar de sus sitiales a los jueces, al ministerio público, a todos, incluso al procurador general, iré a ver al guardasellos, y si necesario fuera, al mismo rey.

A una enérgica señal que le hizo Michaud, el general dijo a Sibilet, volviéndose, un «Adiós, querido», que el intendente comprendió perfectamente.

—¿El señor conde considera oportuno, como alcalde que es —preguntó el administrador devolviendo el saludo—, poner en práctica las medidas necesarias para reprimir los abusos de los espigadores? Va a empezar la cosecha, y si se deben publicar las sentencias sobre los certificados de pobreza y sobre la prohibición de espigar los campos a los indigentes de los ayuntamientos próximos, no tenemos tiempo que perder.

—Hágalo, póngase de acuerdo con Groison —contestó el conde—. Con semejantes gentes —añadió— es preciso que la ley se cumpla inexorablemente.

Así, en un instante, Montcornet dio consentimiento al plan que Sibilet venía proponiéndole desde hacía quince días y que hasta entonces se había negado a aceptar, pero que ahora encontraba factible por el ardor de la indignación que le había causado el incidente de Vatel. Cuando Sibilet estuvo a cien pasos del conde, éste dijo en voz baja a su guarda:

—Y bien, querido Michaud, ¿qué sucede?


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