Los campesinos

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—No pensemos en quemarlas, y adoptemos un plan de conducta que desbarate los propósitos de esos pigmeos. Si se hiciera caso de sus amenazas, se creería que están dispuestos a cualquier cosa contra usted, y ya que ha mencionado la palabra incendio, asegure los edificios y las granjas contra esta posibilidad.

—¡Ah…! ¿Sabes tú, Michaud, qué quieren decir con eso del Tapicero? Ayer mismo, mientras paseaba por la orilla del Thune, oí a unos muchachos que gritaban: «¡Ahí va el Tapicero!», y echaban a correr.

—Sibilet podría responderle; estaría en su papel, pues su ilusión es verle a usted iracundo —respondió Michaud con cara hosca—. Pero ya que me lo pregunta… le diré que es el apodo que le han puesto estos bergantes, mi general.

—¿A causa de qué?…

—Pues, mi general, a causa de… su padre…

—¡Ah perros! —exclamó el conde palideciendo—. Sí, Michaud, mi padre fue comerciante de muebles, ebanista; la condesa no sabe nada de esto… ¡Oh, que nunca… Pero después de todo, he bailado con reinas y con emperatrices! Esta noche se lo confesaré todo —añadió después de una pausa.

—Dicen que usted es un cobarde —prosiguió Michaud.

—¡Ah!


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