Los campesinos
Los campesinos Así era, a los cuarenta años de edad, al comienzo de la Revolución, aquel hombre duro como el hierro y puro como el oro. Abogado del pueblo, creyó en la República en cuanto oyó hablar de ella, considerando su nombre aún más formidable que la idea que entrañaba. Creyó en la República de Juan-Jacobo Rousseau, en la fraternidad entre los hombres, en el intercambio de los nobles sentimientos, en la proclamación del mérito, en la elección sin trampa, y, en fin, en todo aquello que es posible en un distrito de la extensión territorial de una Esparta, pero que es quimérico en la de un Imperio. Firmó aquellas ideas con su sangre, ya que su hijo partió hacia la frontera; hizo más, las firmó a costa de sus propios intereses, último sacrificio del egoísmo. Sobrino y único heredero del cura de Blangy, aquel todopoderoso tribuno rústico hubiese podido heredar a la linda Arsenia, la criada del difunto, pero respetó la voluntad del testador y aceptó la miseria, que le llegó con la misma rapidez que la decadencia a su República.