Los campesinos

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Jamás un céntimo o una rama de árbol pertenecientes a otro pasó por las manos de ese sublime republicano, que hubiera hecho aceptable la República si hubiese hecho escuela. Se negó a comprar bienes nacionales: le negaba a la República el derecho de expropiación. En contestación a unas preguntas del Comité de Salud Pública, dijo que deseaba que la virtud de los ciudadanos hiciese por la santa patria lo que los cambalacheros del poder querían conseguir a peso de oro. Ese hombre digno de la antigüedad reprochaba públicamente a Gaubertin padre sus secretas traiciones, sus depredaciones y sus complacencias. Reprendió severamente al virtuoso Mouchon, el representante del pueblo cuya virtud no era más que incapacidad, como sucede con tantos otros que disponiendo de los más inmensos recursos políticos que jamás nación alguna haya puesto en sus manos, armados, además de la fuerza de todo un pueblo, no consiguieron tanta grandeza para la patria como consiguió Richelieu de la debilidad del rey. Así, el ciudadano Niseron se convirtió en un reproche viviente para todo el mundo, y aquel hombre excelente cayó en el más profundo de los olvidos, acompañado de la frase terrible: «¡No está contento con nada!», frase propia de los que quedaron ahítos con la sedición.




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