Los campesinos

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Esa alocución era de una política demasiado profunda para que la recogiese un grupo de borrachos, en el que todos, con excepción de Courtecuisse, estaban amasando dinero para tener su parte en el pastel de Les Aigues. Así dejaron que Juan-Luis siguiera hablando, como en el Parlamento, mientras proseguían las conversaciones particulares.

—¡Adelante, no seréis más que máquinas de Rigou! —exclamó Fourchon, el único que comprendió lo que decía su nieto.

En ese momento, Langlumé, el molinero de Les Aigues, pisó el umbral; la bella Tonsard le gritó:

—¿Es verdad, señor adjunto, que tienen la intención de prohibirnos espigar?

Langlumé, hombre bajo y de aspecto alegre, con el rostro blanco de harina y vestido con ropas de color gris blanco, empezó a subir los peldaños e inmediatamente los campesinos advirtieron la seriedad con que les miraba.

—Amigos míos, digo sí y no. Los necesitados espigarán; pero las medidas que piensan tomar acabarán en provecho vuestro…

—¿Y como será eso? —inquirió Godain.


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