Los campesinos

Los campesinos

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Esta impertinencia, digna de una mujer nacida en Rusia, hizo que el benedictino se pusiese pálido. Si la condesa hubiese tenido la curiosidad de ver al hombre de quien el cura decía: «Es un condenado que, para refrescarse, se sumerge en la iniquidad como en un baño», quizá hubiera evitado que se levantase, entre el alcalde y el castillo, el odio frío y reflexivo que los liberales sentían contra los realistas, excitado por la vecindad del campo, donde el recuerdo de una herida de amor propio es constantemente reavivada.

Algunos pormenores sobre aquel hombre y sobre sus costumbres tendrán la virtud, al tiempo que darán luz sobre su participación en el complot llamado el gran asunto por sus dos asociados, de describir a un tipo extraordinariamente curioso, el de unas existencias rurales típicamente francesas y que ningún pintor se ha preocupado todavía de describir. Por otra parte, nada de lo que se refiera a aquel hombre puede ser indiferente, ni su casa, ni su manera de soplar el fuego, ni su pasión por la buena mesa; sus costumbres, sus opiniones, todo puede ser de gran utilidad para conocer la historia del valle. Finalmente, ese renegado puede explicar la utilidad de la democracia, ya que constituía a la vez la teoría y la práctica, la alfa y la omega, el summum.

¿Recuerdan ustedes ciertas figuras señeras de la avaricia descritas ya en algunas Escenas anteriores?


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