Los campesinos

Los campesinos

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En primer lugar, el avaro de provincias, Grandet, de Saumur, tan avaro como el tigre es cruel; otro, Gobseck, el prestamista, el jesuita del dinero y del oro, únicamente experimentaba el gusto que le proporcionaba el poder y saboreaba las lágrimas de la miseria; un tercero, el barón de Nucingen, elevaba los fraudes del dinero a alturas políticas. Por último, seguramente recordarán cierto retrato de la parsimonia doméstica, el viejo Hochon, de Issoudun, y el de ese otro avaro por espíritu de familia, el pequeño La Baudraye, de Sancerre. Pues bien, los sentimientos humanos, y sobre todo la avaricia, presentan tan diversos matices en las distintas esferas de nuestra sociedad, que aún queda otro tipo de avaro presentar en el tablado de un anfiteatro dedicado al estudio de las costumbres. ¡Queda Rigou!, el avaro egoísta; es decir, el tierno para sus placeres, árido y frío para todo el mundo; en fin, el avaro eclesiástico, el fraile que ha continuado siendo fraile para seguir exprimiendo el limón conocido por la buena vida, y que se ha pasado al terreno secular para poder apresar la moneda de curso legal. Expliquemos, en primer lugar, la continua felicidad que le proporcionaba el poder dormir bajo su techo.





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