Los campesinos
Los campesinos Por esta sucinta descripción, cuyo estilo rivaliza un tanto con el de los folletos de propaganda de ventas, fácil es adivinar que las dos habitaciones respectivas del señor y de la señora Rigou quedaban reducidas a lo más estrictamente necesario; pero uno se engañaría si pensara que toda esta parquedad excluía la bondad intrínseca de las cosas. Así, la mujer más exigente se habría encontrado admirablemente en la cama de Rigou, con sus excelentes mantas, sus finas sábanas, su colchón de plumas, comprado probablemente hacía muchos años por una devota para algún abate, resguardado todo del aire por unos buenos cortinajes. Y así todo lo demás, como vamos a ver.
Ese benedictino, espíritu tan astuto como profundo, había reducido a su mujer, que no sabía leer, ni escribir, ni contar, a una obediencia absoluta. Después de haber llevado la casa del difunto, la pobre mujer terminó convirtiéndose en la criada de su marido: cocinaba y lavaba la ropa, ayudada únicamente por una hermosa muchacha que se llamaba Anita, de dieciocho años, tan sometida a la voluntad de Rigou como su ama y que ganaba treinta francos anuales.