Los campesinos

Los campesinos

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Alta, delgada y áspera de aspecto, la señora Rigou, mujer de tez amarillenta, coloreada únicamente en los pómulos, la cabeza siempre envuelta en un pañuelo, usaba la misma falda todo el año, no salía de su casa ni dos horas al mes y su actividad la alimentaba igual que si fuera otra criada. El más agudo observador no habría podido hallar rastro del magnífico talle, del frescor al estilo de Rubens, de la espléndida robustez, de los bellos dientes y de los ojos de virgen que en otro tiempo cautivaron al cura Niseron. El solo y único parto de su hija, la joven señora Soudry, fue la causa de que los dientes se le careasen, se le cayeran las pestañas, se le enturbiaran los ojos y se le ajara el rostro. Parecía como si el dedo de Dios se hubiera ensañado con la esposa del sacerdote. Como a todas las ricas amas de casa de campo, le gustaba ver los armarios repletos de sedas, confeccionadas o en pieza; de encajes, de joyas que no le servían más que para despertar la envidia y para que las jóvenes criadas de Rigou desearan su muerte. Era uno de esos seres mitad mujer mitad animal, nacidos para vivir instintivamente. Aquella exhermosa Arsenia era desinteresada y el legado del fallecido cura Niseron sería inexplicable sin el curioso suceso que lo inspiró, y que es preciso contar para conocimiento de la inmensa tribu de los herederos.



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