Los campesinos

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La señora Niseron, la mujer del viejo sacristán, colmaba de atenciones al tío de su marido, pues la inminente herencia del anciano, que tenía ya setenta y dos años, calculada entre cuarenta y cincuenta mil libras, debía poner a la familia de su único heredero en una situación económica holgada, impacientemente esperada por la difunta señora Niseron, la cual, además de su hijo, tenía otra hija, criatura encantadora, espigada, inocente, una de esas niñas que parecen predestinadas a morir jóvenes, como así fue, puesto que falleció a los catorce años a causa de los colores pálidos, nombre popular de la esclerosis. Fuego fatuo del presbiterio, aquella niña iba a casa de su tío abuelo el cura como si fuera a su propia casa, la revolvía toda, y quería mucho a la señorita Arsenia, la bonita criada que su tío tomó en el año 1789, merced a la licencia introducida en la disciplina religiosa por los primeros vendavales revolucionarios. Arsenia, sobrina de la vieja ama del cura, fue llamada para sustituirla, pues al sentirse morir, la anciana señora Pichard deseaba sin duda transmitir sus derechos a la hermosa Arsenia.






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