Los campesinos

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—Pues bien, cédame ese crédito, yo le sacaré provecho y tendré casa y jardín por nada; el conde comprará los tres arapendes.

—¿Qué parte me reservarás?

—Por Dios, usted sería capaz de ordeñar un buey —exclamó Sibilet—. Y yo que acabo de arrancarle al Tapicero la orden de reglamentar los trabajos de espigadura según lo regulado por la ley…

—¿Has conseguido esto, muchacho? —dijo Rigou, quien pocos días antes había sugerido a Sibilet la idea de aquella vejación, diciéndole que la aconsejara al general—. Ya le tenemos, está perdido; pero como no es bastante tenerle atado con el extremo de una cuerda, debemos procurar envolverle como a una ristra de tabaco. Levanta los pestillos, muchacho; dile a mi mujer que me traiga café y licores y a Juan que enganche los caballos. Hasta la noche. ¿Qué ocurre, Vaudoyer? —preguntó el ex alcalde al ver entrar a su antiguo guardia rural.

Vaudoyer le puso al corriente de lo que acababa de suceder en la taberna y pidió a Rigou su opinión sobre la legalidad de las disposiciones meditadas por el general.


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