Los campesinos

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A las cuatro y media, la gran puerta verde del antiguo presbiterio giró sobre sus goznes y el caballo bayo oscuro, llevando la brida por Juan, se dirigió hacia la plaza. La señora Rigou y Anita, que habían ido hasta el umbral de la puerta falsa, miraban la pequeña calesa de mimbre pintada de verde y con capota de cuero, dentro de la cual iba sentado su señor sobre blandos cojines.

—No tarde usted, señor —dijo Anita haciendo una breve mueca.

Todos los aldeanos, enterados de las amenazadoras medidas que el alcalde pensaba adoptar, al ver pasar a Rigou salieron a las puertas o se detuvieron a su paso por la Grande-Rue, pensando que iba a Soulanges para defenderles.

—Ya sé, señora Courtecuisse, nuestro antiguo alcalde va sin duda a defendernos —dijo una vieja hiladora a quien la cuestión de los delitos cometidos en los bosques interesaba mucho, puesto que su marido vendía en Soulanges haces de leña robados.

—¡Dios mío…! El corazón le sangra al ver lo que está sucediendo; lo siente tanto como podáis sentirlo vosotros —respondió la pobre mujer, temblando al oír el nombre de su acreedor y al que llenaba de elogios por el miedo que le tenía.


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