Los campesinos

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—No es por decirlo, pero se le ha tratado muy mal. Buenas tardes, señor Rigou —dijo la hiladora, a quien éste saludó a la vez que a su deudora.

Cuando el usurero cruzaba el Thune, vadeable en todas las estaciones del año, Tonsard, al salir de su taberna, le dijo a Rigou en la carretera cantonal:

—Y qué, señor Rigou, ¿el Tapicero quiere que seamos perros?

—Eso lo veremos —respondió el usurero dando un latigazo a su caballo.

—Este sabrá defendernos —dijo Tonsard a un grupo de mujeres y niños que se habían agrupado a su alrededor.

—Ése piensa en vosotros como un posadero piensa en el pescado mientras limpia la sartén para freírlo —replicó Fourchon.

—Procura no soltar la lengua cuando estás borracho —dijo Mosca tirando de la blusa de su abuelo y haciéndole caer por el talud al pie de un álamo—. Si ese perro de fraile llega a oírte, no podrías cobrarle tan caras las noticias que le llevas.

En efecto, si Rigou corría a Soulanges se debía a la grave noticia que le había llevado el administrador de Les Aigues y que le pareció amenazadora para la secreta coalición de la burguesía del valle del Avonne.


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