Los campesinos
Los campesinos Socquard, un Alcides de nacimiento, podía pesar unos ciento diez kilos; un puñetazo suyo dado en la espalda de un hombre era capaz de romperle la columna vertebral; podía doblar una barra de hierro y paraba un coche tirado por un caballo. Como un Milón de Crotona del valle, su reputación se extendía por todo el departamento, en el que se contaban de él las más ridículas historias, como sucede con todas las celebridades. Así, en el Morvan se decía que una vez había cargado sobre sus hombros a una pobre mujer, el asno y el saco que llevaba al mercado; que se había comido un buey entero y bebido una cuarterola de vino en un día, etc. De carácter dulce como mía muchacha en estado de merecer, Socquard, hombre bajo y potente, de cara plácida, amplias espaldas y ancho pecho, dentro del cual sus pulmones resoplaban como el fuelle de una fragua, tenía un hilillo de voz cuya limpidez sorprendía a cuantos le oían por primera vez.
Como Tonsard, cuya reputación le eximía de cualquier prueba de ferocidad, como todos los que viven bajo la custodia de una opinión pública cualquiera, Socquard no desplegaba jamás su triunfal fuerza muscular más que cuando algún amigo se lo pedía. Tomó, pues, la brida del caballo cuando el suegro del procurador del rey dio la vuelta para subir la escalinata.
—¿Marcha todo bien por su casa, señor Rigou? —preguntó el ilustre Socquard.