Los campesinos
Los campesinos —Hay que buscarle sirvientas que le enjabonen bien las escaleras —dijo la señora Soudry, quien con su ocurrencia hizo que Rigou se le inclinase en señal de asentimiento, como suelen hacer las personas astutas al escuchar una astucia.
—El Tapicero tiene otro vicio: quiere a su mujer, y podrÃa ser atacado por ahÃ…
—Veamos: lo que debemos saber es si piensa llevar a cabo sus ideas —añadió la señora Soudry.
—¡Cómo! —exclamó Lupin—. Si ahà está el nudo.
—Usted, Lupin —prosiguió Rigou con tono autoritario—, vaya a la Prefectura para ver a la hermosa señora Sarcus; si puede ser esta misma tarde, mejor. Arrégleselas para conseguir que le comunique todo lo que el Tapicero haya dicho y hecho en la Prefectura.
—Tendré que quedarme a dormir allà —observó Lupin.
—Tanto mejor para Sarcus el Rico; saldrá ganando —repuso Rigou—. La señora Sarcus aún no está pocha…
—¡Oh, señor Rigou! —exclamó la señora Soudry—. ¿Es que las mujeres están pochas alguna vez?
—Tiene usted razón. Ésta no se pinta ante un espejo —replicó Rigou, a quien la exhibición de los viejos tesoros de la Cochet siempre le producÃan una especie de asco.