Los campesinos

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—Si se nombra a mi yerno abogado general, nada tendría que oponer, y le hará sustituir por algún parisién amigo suyo —prosiguió Rigou—. Si solicita un puesto en el tribunal para el señor Gendrin, si consigue que nombren al señor Guerbet, nuestro juez de instrucción, presidente en Auxerre, echará por tierra lodos nuestros proyectos… Tiene ya la gendarmería a su lado; si, además, tiene el tribunal y conserva a favor suyo consejeros como el abate Brossette y Michaud, estaremos desarmados; nos costará muchos quebraderos de cabeza.

—¡Cómo! ¿Al cabo de cinco años aún no ha podido usted deshacerse del abate Brossette? —dijo Lupin.

—No le conocen ustedes bien; es desconfiado como un mirlo —respondió Rigou— Ese cura no tiene nada de hombre, no presta atención a las mujeres; no he podido descubrir en él ninguna pasión, es inatacable. El general sí lo es, gracias a sus cóleras. Un hombre que tiene un vicio, siempre es un pelele en manos de sus enemigos, si éstos saben aprovecharse. Sólo son fuertes los que pueden controlar sus vicios en vez de dejarse gobernar por ellos. Los campesinos se portan bien, y mantienen la animadversión hacia el abate, pero nada se puede hacer en su contra. Es como Michaud; hombres así son demasiado perfectos, y para desembarazarse hay que esperar que el buen Dios los llame a su lado…


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