Los campesinos
Los campesinos —¿A sus expensas…? —exclamó la señora Soudry—. ¿Está usted segura? Si pudiéramos tener una prueba, ¡qué bonito tema para una carta anónima al general…!
—¿El general…? —siguió la señora Vermut—. No impedirÃan que siguiera representando su papel.
—¿Qué papel? —preguntó la señora Soudry.
—Pues el de proporcionar a los dos una habitación.
—Si el desdichado Pigeron en vez de importunar a su mujer hubiese tenido ese tacto, todavÃa vivirÃa —dijo el escribano.
La señora Soudry se inclinó hacia su vecino, el señor Guerbet de Conches; hizo una de aquellas muecas simiescas que ella creÃa haber heredado de su difunta señora, como heredó el juego de plata, es decir, por derecho de conquista, y redoblando la dosis de muecas, señaló a la señora Vermut, al jefe de correos, la cual estaba coqueteando con el autor de La Boloquiada, y le dijo:
—¡Vaya una mujer de mal tono! ¡Qué frases, qué maneras! No sé si podré seguir admitiéndola en nuestro cÃrculo de amistades por mucho tiempo, especialmente cuando está con nosotros el señor Gourdon, el poeta.