Los campesinos
Los campesinos —¡Pobre hombre! —dijo el escribano, del que se sospechaba tenÃa relaciones platónicas con la señora Vermut—. FÃjense en el aire desaliñado que tiene… ¡Y se le cree un sabio!
—Sin él —replicó el juez de Paz—, no sé quién se encargarÃa de las autopsias; encontró veneno en el cadáver de aquel infeliz Pigeron, y los quÃmicos de ParÃs dijeron ante el tribunal, en Auxerre, que ellos no lo habrÃan hecho mejor…
—No encontró nada —replicó Soudry—; pero, como dice bien el presidente Gendrin, es bueno que la gente crea que se ha encontrado algo…
—La señora Pigeron hizo bien en marcharse de Auxerre —dijo la señora Vermut—. Esta mujer es de inteligencia corta y, además, una verdadera loca. ¿Es que hay que recurrir a las drogas para poder deshacerse del marido? ¿Acaso no tenemos a nuestra disposición otros procedimientos más seguros y más inocentes para desembarazarnos de esa ralea? Me gustarÃa saber de alguien que tuviera nada que decir de mi conducta. El bueno del señor Vermut no me preocupa y no por eso está enfermo. ¿Y la señora de Montcornet? Vean como se pasea por sus pabellones y su parque con un periodista al que ella ha hecho venir de ParÃs, a sus expensas, y con el que se arrulla en las mismas barbas del general.