Los campesinos
Los campesinos Allí, desde el 1802 al 1804, todos los burgueses de Soulanges iban a jugar al dominó y a la berlanga, mientras bebían sus pequeños vasos de licor o de vino cocido, acompañados con frutas en aguardiente o con galletas, toda vez que la escasez de productos coloniales les obligaba a prescindir del café, del chocolate y del azúcar. Sus preferencias eran los ponches y las golosinas. Estas preparaciones se hacían con una materia azucarada, almibarada, parecida a la melaza, nombre que se ha perdido pero que entonces hizo la fortuna de su inventor.
Esos detalles recordarán sitios análogos a los viajeros; y los que nunca han salido de París podrán tener una idea de lo que era aquel techo ennegrecido por el humo del Café de la Paz y los cristales empañados de las ventanas recubiertos de millones de puntitos oscuros que demostraban la independencia en que vivían determinadas clases de dípteros.
La hermosa señora Socquard, cuyas aventuras galantes superaron las de la Tonsard del Grand-I-vert, reinó allí, vestida a la última moda; incluso adoptó el turbante de las sultanas. La sultana gozó, en tiempos del Imperio, de la misma aceptación de que goza hoy en día el ángel.