Los campesinos
Los campesinos En ese tiempo no se había disipado todavía en la villa de Soulanges el santo respeto que el azúcar causó en tiempos del Emperador, y Aglaé Socquard traía valerosamente cuatro terrones de azúcar del tamaño de avellanas al forastero que se atrevía a pedir tan literaria bebida.
La decoración interior se distinguía por unos espejos con marco dorado y unas perchas para los sombreros; no había sufrido ninguna transformación desde la época en que todo Soulanges fue a admirar esa prodigiosa instalación; un mostrador de caoba pintada y con mármol de Santa Ana, sobre el que brillaban unos jarros de latón, y unas lámparas de dos brazos que, según se decía, eran un regalo de Gaubertin a la hermosa señora Socquard, completaban el decorado. Una capa de moho y de mugre lo empañaba todo, comparable únicamente a la que suele cubrir los cuadros antiguos olvidados, en los graneros.
Las mesas pintadas simulando mármol, los taburetes tapizados de terciopelo de Utrecht rojo, el redondo quinqué con caperuza de cristal, lleno de aceite que alimentaba dos mecheros y colgando del techo por medio de una cadena, fueron el principio de la celebridad del Café de la Guerra.