Los campesinos
Los campesinos Aquel hombre siempre estaba serio, incluso cuando se permitía alguna broma. En efecto, Anita había tenido que abrir misteriosamente la puerta a Sibilet, a Fourchon y a Catalina Tonsard, quienes habían ido a visitar al dueño de la casa a diferentes horas, entre las once de la noche y la una de la madrugada.
Diez minutos después, Rigou, cuidadosamente vestido, mucho más que de ordinario, bajó y lanzó a su mujer un «Buenos días, querida», que la hizo más feliz que si hubiera visto al general de Montcornet postrado a sus plantas.
—Juan —dijo dirigiéndose al ex converso—, no salgas de casa y no dejes que me roben, pues tú perderías más que yo.
Mezclando amabilidades con bufidos y esperanzas con trancazos, ese inteligente egoísta había conseguido hacer de las personas que le rodeaban tres esclavos tan fieles como tres perros.
Rigou, tomando como siempre el camino llamado de arriba, para evitar el Otero de la Cruz, llegó a la plaza de Soulanges hacia las ocho.
En el momento en que estaba atando las riendas en el torniquete más próximo a la portezuela, para llegar a la cual había que subir tres peldaños, ésta se abrió y Soudry mostró su cara marcada de viruela, cuyos dos negros ojuelos aún daban mayor astucia a su expresión.