Los campesinos

Los campesinos

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—Empecemos por comer algo, ya que no podremos almorzar en la Ville-aux-Fayes hasta la una.

Llamó muy suavemente a una criada, tan hermosa y joven como la de Rigou, que bajó sin hacer ruido y a quien ordenó que sirviera un poco de jamón y pan; después fue él mismo a la bodega y trajo una botella de vino.

Rigou contempló por milésima vez aquel comedor con piso de roble, con techo moldurado y amplios aparadores pintados y barnizados, con arrimaderos altos en las paredes, con una estufa y adornado de un escudo, procedente todo de la señorita Laguerre. Los respaldos de las sillas tenían forma de lira, la madera pintada de blanco y barnizada, y el asiento de marroquín verde con clavos dorados. La mesa, de caoba maciza, tenía un hule verde cruzado de rayas más oscuras y adornado con flores de lis también verdes. El suelo, de madera minuciosamente frotada por Urbano, ponía de manifiesto el cuidado con que las ex criadas se hacen servir.

—Bah… —se dijo una vez más Rigou—. Esto resulta demasiado caro. Se come tan bien en mi comedor como pueda comerse aquí, y en cambio tengo la renta del dinero que costaría comprar un lujo tan inútil. ¿Dónde está la señora Soudry? —preguntó al alcalde de Soulanges, quien apareció con una venerable botella.

—Está durmiendo.

—Y usted no turba su sueño —añadió Rigou.


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