Los campesinos

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—Ese gordo coracero es más listo de lo que yo creía —dijo Gaubertin—. Vamos a la mesa, debemos reparar nuestras fuerzas. Después de todo, no se trata de ninguna partida perdida, sino simplemente de una partida aplazada; ahora debe actuar usted, Rigou…

Soudry y Rigou regresaron a sus casas bastante contrariados al no poder idear ninguna catástrofe que resultara en provecho suyo y confiando, según les dijo Gaubertin, en el azar. Como muchos jacobinos, en los primeros días de la Revolución, furiosos y despechados por la bondadosa actitud de Luis XVI, provocaban una reacción violenta de la corte que condujera a la anarquía, pues para ellos significaba la fortuna y el poder, y los temibles enemigos del conde de Montcornet pusieron sus últimas esperanzas en el rigor que emplearían Michaud y sus guardas en la represión de nuevas devastaciones. Gaubertin les había prometido su colaboración, sin decir quiénes eran sus cooperadores, ya que no le interesaba que se supiesen sus relaciones con Sibilet. Nada iguala la discreción de un hombre del temple de Gaubertin, si no es la de un ex gendarme o la de un fraile exclaustrado. Ese complot no podía terminar sino con bien, o por decirlo mejor, con mal, al ser obra de tres hombres templados en el odio y la pasión del lucro.


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