Los campesinos
Los campesinos La señora Gaubertin se reunió con sus invitados en el jardín. Era una mujer muy pálida, con bucles a la inglesa que le caían a lo largo de las mejillas, que representaba el papel de apasionada virtuosa que pretendía no haber conocido el amor, que despertaba intereses platónicos en los funcionarios y que tenía como principal admirador al procurador del rey, su patito, decía ella. Se ponía gorros con borlas, pero a veces salía también sin sombrero, y abusaba de los colores azul celeste y rosa en sus vestidos. Bailaba, y adoptaba, a sus cuarenta y cinco años, posturas de jovencita; pero tenía unos pies enormes y unas manos espantosas. Le gustaba que la llamaran Isaura, pues en medio de sus perifollos y de sus ridiculeces, tenía el buen gusto de encontrar innoble el apellido Gaubertin. Sus ojos eran claros y el pelo de un color indeciso, como el del algodón sucio. Por último, se puede decir de ella que era el modelo de muchas personas jóvenes que asesinaban el cielo con sus miradas y se hacían los angelitos.
—Caballeros —dijo saludándoles—, tengo raras noticias que comunicarles. Los gendarmes han regresado…
—¿Han traído prisioneros?
—¡Ninguno! El general, anticipándose, ha pedido clemencia…, que se ha concedido merced al feliz aniversario del regreso de nuestro rey entre nosotros.
Los tres socios se miraron.