Los campesinos
Los campesinos Conches era un típico pueblo de Borgoña, con una sola calle, por la que pasaba la carretera. Las casas estaban construidas unas de ladrillo y otras de adobe, pero todas de aspecto misérrimo. Llegando por la carretera departamental de la Ville-aux-Fayes, se veía el poblado por la parte trasera, y entonces producía cierto efecto. Entre la carretera y los bosques de Ronquerolles, que eran una continuación de los de Les Aigues y coronaban, las alturas, se escurría un riachuelo, y varias casas muy apiñadas animaban el paisaje. La iglesia y el presbiterio eran un edificio aislado, delante del cual había una plaza rodeada de árboles y en la que los conspiradores del Grand-I-vert vieron a la gendarmería, por lo que apretaron el paso, sin perder un segundo. En ese momento tres hombres a caballo salieron por la verja de Conches, y los campesinos reconocieron al general, a su criado y a Michaud, el guarda mayor, quienes se lanzaron al galope hacia la plaza; Tonsard y los suyos llegaron pocos minutos después. Los delincuentes, hombres y mujeres, no habían ofrecido ninguna resistencia, permaneciendo entre los cinco gendarmes de Soulanges y los otros quince delegados de la Ville-aux-Fayes. Todos los habitantes del pueblo estaban allí. Los padres, las madres y los hijos de los prisioneros iban y venían, llevándoles lo que pudieran necesitar durante el tiempo que estuviesen en la cárcel. Era un espectáculo muy curioso el de esta población rural desesperada, pero casi silenciosa, como si hubiera tomado una determinación. Sólo hablaban las viejas y las jóvenes. Los niños y las niñas, para ver mejor, se habían encaramado sobre las pilas de madera y la piedra amontonada.