Los campesinos
Los campesinos Y se metieron en él. La avenida era una de las más deliciosas del bosque; pronto cambió, estrechándose hasta convertirse en un sendero sinuoso, sobre el que caía el sol a través de las rasgaduras del alto ramaje, cubriéndolo como un manto, hacia el cual la brisa traía los perfumes del sérpol, de la lavanda y de la menta silvestre; de las ramas marchitas y de las hojas que caen lanzando un suspiro; las gotas de rocío sembradas sobre la hierba y las hojas caídas se desgranaban al paso de los intrusos, y a medida que iban avanzando y adentrándose en la espesura, entreveían fantasías maravillosas propias de la tupida vegetación; los fondos frescos, donde el verdor es húmedo y oscuro, y la luz se aterciopela al perderse en ellos; claros del bosque, con elegantes abedules, dominados por un árbol centenario, el hércules del bosque; los grupos magníficos de troncos nudosos, musgosos, blanquecinos, que recuerdan gigantescas musculaturas, y esa bordadura de hierbas finas, de flores delicadas, que irrumpe en los bordes de los caminos. Los arroyos cantaban. Ciertamente, hay voluptuosidades insospechadas al ir con una mujer que, en los altibajos del silvestre camino, donde el suelo está tapizado de musgo, tiene miedo, o finge tenerlo, y que se os acerca y os hace sentir la presión, calculada o no, de la fría humedad de su brazo o el peso de su blanca espalda, y se sonríe si se le dice que os impide conducir. El caballo parece estar en el secreto de esas interrupciones y mira hacia la derecha y hacia la izquierda.