Los campesinos
Los campesinos Ese espectáculo nuevo para la condesa, esta naturaleza tan vigorosa en sus efectos, tan poco conocida y tan majestuosa, la sumió en un dulce ensueño; se recostó en el tílburi y se entregó al placer de hallarse al lado de Emilio; sus ojos estaban llenos y su corazón hablaba, contestaba a esa voz interior con la suya propia; también él la miraba de soslayo, y gozaba con su callada emoción, durante la cual las cintas del sombrero se le habían desatado y entregaban al viento de la mañana los sedosos bucles de su cabellera rubia con un voluptuoso abandono. Como iban sin rumbo determinado, llegaron a una barrera cerrada, de la que no tenían la llave; llamaron a José, pero éste tampoco la tenía.
—Pues demos un paseo; José vigilará el tílburi, luego lo encontraremos fácilmente…