Los campesinos
Los campesinos Emilio y la condesa se hundieron en el bosque, llegando a un reducido paisaje interior, como a menudo los hay en medio de la maleza. Veinte, años antes, unos carboneros debieron de construir allí su carbonera, y el sitio seguía despejado; todo lo que pudo haber en una superficie bastante amplia se había quemado. En veinte años, la naturaleza había conseguido hacer de aquel lugar un jardín para sus flores, un arriate para ella, del mismo modo que un artista se da algún día el gusto de pintar un autorretrato. Ese delicioso parterre estaba rodeado de hermosos árboles cuyas copas caían en amplios flecos, tejiendo un inmenso dosel sobre el sitio donde debía descansar una diosa. Los carboneros sin duda siguieron un caminillo para llegar al agua de una hondonada, la cual se mantenía siempre pura y cristalina. Ese sendero aún subsiste actualmente, y os invita a descender por un coquetón recodo que súbitamente os muestra un margen con mil raíces que se retuercen en el aire y dan la impresión de una tapicería bordada. Ese estanque desconocido lo bordea una hierba lisa y tupida; hay también varios álamos y algunos sauces que protegen con su ligera sombra el banco de ramas que se construyó un carbonero perezoso o meditativo. Saltan en el estanque las ranas, las cercetas se bañan en él, las aves acuáticas llegan y se van, una liebre huye, y uno se imagina dueño de esa bañera enriquecida con los más magníficos juncos vivientes. Los árboles adoptan sobre vuestra cabeza las más diversas actitudes; aquí, unos troncos que descienden en forma de boa; allá, troncos de haya, rectos como columnas griegas. Los caracoles y las babosas se pasean en plena paz; una tenca os muestra su morro, una ardilla os está contemplando. Finalmente, cuando Emilio y la condesa, cansados, se sentaron, un pájaro, no sé cuál sería, prorrumpió en un canto otoñal, un canto que todos los demás pájaros escuchan, uno de esos cantos celebrados con amor, un canto de adiós, oído por todos los órganos a la vez.